Jordi Folck
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Primer Capítulo

Carta enviada a J. Folck


Estimado señor:

Le ruego que me excuse. No he tenido la suerte de recibir una buena educación y nadie me ha enseñado nunca las formas de cortesía que deben usarse para dirigirse a alguien como usted. No quiero molestarle. Sus ocupacio¬nes diarias deben sustraerle mucho tiempo. Desgraciada¬mente, no puedo ser breve en el asunto que me obliga a po¬nerme en contacto con usted. Cuando ya falta poco para reencontrarme con el Todopoderoso y reprocharle los des¬afortunados episodios que han hecho de la mía una vida lle¬na de miserias, quiero dejar constancia de ello en los últimos días de mi existencia. Soy ya anciana, pero los recuerdos me atormentan con vivacidad. Ya no pido justicia. De hecho, dejé de creer en ella; solo querría que se conociesen en deta¬lle los terribles sucesos acontecidos en la escuela de Saint Mary en el año de 1939, los cuales han tenido consecuen¬cias en todos y cada uno de los días de mi vida. Si cree que unos hechos hoy tan lejanos pueden estar desprovistos de interés, debo decirle que se equivoca. Nadie ha tenido jamás noticia de los sucesos que deseo narrar, por la única razón de que la muerte destruye con el mismo vigor todas las hue¬llas del crimen. Y esto es así cuando la vieja dama arremete contra quien ha rivalizado con ella en el número de víctimas inocentes.

Si usted es de los que solo creen lo que son capaces de ver o tocar, si menosprecia las leyes de lo sobrenatural —y no me refiero a banales historias de fantasmas o espíritus—, si no acepta el hecho de que la maldad del hombre lo hace pro¬digarse en sus maquinaciones y superar a Dios, entonces no me lea y queme estos cuadernos.

Pero usted es escritor. Por tanto, comprende las leyes de la imaginación, abiertas y sin límites, porque las ha practi¬cado. He leído algunos de sus libros: reconozco que, debido a mi falta de medios, los sustraje de librerías de viejo, que ya nadie visita. Pero como usted ha sido dotado de la facultad de ver lo que no existe y de creer, por tanto, en lo imposible, corre el riesgo de confundir la vida con la ficción y de juzgar el relato de lo real, en su carácter insólito, como obra de una imaginación desenfrenada o, incluso, enloquecida.

Los hechos que aquí narro, a pesar de que puedan consi¬derarse extraordinarios y pavorosos, son, todos ellos, reales. Fueron escritos, en su mayoría, año y medio después de lo ocurrido. No me habría sido posible hacerlo ahora porque he borrado de mi memoria voluntariamente muchos de aque¬llos acontecimientos. He añadido recientemente un nuevo cuaderno que recoge el devenir de mi vida hasta hoy.

Mi imaginación es escasa, por no decir inexistente. Verá usted que no poseo conocimientos suficientes para dar el formato de un libro a estos hechos; desconozco el arte de es¬tructurar un relato haciendo prevalecer los elementos esen¬ciales por encima de los más insignificantes; usted posee el talento de crear personajes y situaciones que aten al lector a la narración. Yo no.

Sé poco de eso. Por ello tengo que pedirle paciencia si desea proceder a la lectura. Todo necesita un tiempo para ser contado. Y para que usted comprenda y acepte la veracidad de lo que aquí expongo he de dar detalles que, en caso de tratarse de una novela moderna, serían descartados. No pretendo satisfacer sus ansias de aventura ni procurarle un entretenimiento inocente o, incluso, divertido —no será us¬ted capaz de entenderlo de este modo, ¿verdad?—, sino de hacerle llegar un testimonio que no habría podido ser fruto ni siquiera de la imaginación más libre.

Después de haberlo leído, y si llega hasta el final —le juzgo un lector inteligente—, le ruego que, a pesar de mi escaso talento a la hora de dar luz a episodios tan oscuros, haga llegar este manuscrito a tantos lectores como sea posi¬ble. En nuestros días, insípidos e incrédulos, la desgracia de los demás, la necesidad de experiencias ajenas que aviven los sentidos atizarán la curiosidad y la atención de muchos que, resignados a otras desdichas, me podrán creer. Les doy las gracias también a ellos.

Muy probablemente, cuando lean este manuscrito, yo ya no estaré entre ustedes; al menos no en la forma en que he vivido.

Solo me queda por decirle que le estaré eternamente agradecida y pido para que el Dios de algunos —me preparo para enfrentarme a él— le conceda una larga y fructífera vida.

Atentamente suya,
Esther DanDriDge
Ely, otoño de 2004