Jordi Folck
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Primer Capítulo

Su Majestad el rey había muerto. Según la traadición, tras la ceremonia de sus exequias deebía celebrarse la proclamación de su hija Isabel como nueva soberana y señora de Inglaterra. Aquel mediodía de primavera, la abadía de Westminster, ornada con sus mejores galas, estaba abarrotada. Westminster era el lugar que la historia había reeservado, desde hacía siglos, a los bautizos reales, las bodas de principes y princesas, que no eran de cuennto, sino bien reales, los funerales de los jefes de Esstado, de reyes y reinas, y también a las coronaciones. De entre todos los actos oficiales, entre las fiestas más suntuosas, las que hacían correr más ríos de tinta y las que, avanzado el siglo xx, merecían la mayor atención de la prensa, estas últimas eran las preeferidas por el pueblo. ¡Sí! ¡Las coronaciones! Aquellos instantes supremos e irrepetibles en que el nuevo soberano era coronado entre los aleluyas de los coros celestiales y los vítores de los asistentes, bajo el signo del reino, el poder y la gloria: una corona de brillantes, zafiros, rubíes y otras piedras preciosas que resplandecían más que el sol. El hecho de que en esta ocasión se tratara de una reina confería a este acontecimiento un relumbre especial. Habían sido necesarios más de cien años, desde los tiempos de la reina Victoria, para que una mujer condujera de nuevo el destino de Inglaterra.


Gloria in excelsis Deo
Et in terra pax hominibus bonae voluntatis Laudamus te. Benedicimus te. Adoramus te.
Glorificamus te.


Los niños sonrosados, los pequeños cantores de voces blancas, aunaron su canto; los sacerdotes oficiantes, ataviados de púrpura, alzaron sus manos con el gesto de la paz; los invitados, miembros de las casas reales de Europa, de Asia y de más allá de los océanos, alzaron los ojos del libro de los cánticos; los reporteros enarbolaron las cámaras de televisión para medio mundo que esperaba absorto el momento de la coronación.

Entonces, y sólo entonces, Isabel II se alzó del banco. Lucía un vestido de seda blanco de corte sobrio y unos zapatos, también blancos, de tacón allto -la Reina era más bien menuda- cubiertos de diminutos brillantes a juego con los pendientes, la pulsera y el collar, de finos diamantes, alrededor del cuello. Era un gesto sencillo: tras levantarse debía avanzar tres pasos y subir los escalones que la sepaaraban del trono, donde, antes de sentarse, la cuubrirían con una capa azul de oro y pedrería, y con la corona rutilante que convertía a una mujer en reIna.

Isabel II avanzó dando la espalda a los centenares de asistentes. Sólo dos pasos la separaban del trono de Inglaterra cuando, de repente, pisó una sustancia pegajosa, minúscula, casi invisible. Yel tacón de la reina quedó clavado en el suelo. Quiso avanzar otro paso -sólo uno-, pero como estaba enganchada al suelo santo y catedralicio, la reina se tambaleó y se pegó una morrada. Un coro de exclamaciones se elevó a la vez que se redoblaban los fiases de los fotógrafos, los focos de los cámaras de televisión, y medio centenar de religiosos corrían en su auxilio.

Aturdida y dolorida, Isabel II se levantó, se palpó la nariz, esbozó una media sonrisa e introdujo el pie descalzo, entre una lluvia de manos, en su blanco y fino zapato, que seguía, erguido y orgulloso, pegado al suelo. Se abrochó la hebilla. De no ser porque todavía la rodeaban, al intentar avanzar otro paso se habría caído de nuevo. Por más que se esforzaron, nadie logró arrancar el zapato del suelo.

Sólo unos instantes después, Isabel 11 era coronada reina de Inglaterra entre los coros celestiales de los niños sonrosados de la abadía de Westminsster y las aclamaciones de los asistentes. Aunque, sentada en el trono y bajo el peso de la corona, llevaba un pie descubierto. Debido a aquel acontecimiennto real, durante mucho tiempo la reina fue conoocida popularmente como la "reina descalza".